¡Ruedas de campeona!
Ana era una niña que usaba silla de ruedas desde que tenía memoria. En su colegio, las miradas curiosas y los susurros la acompañaban todos los días. Algunas bromas eran inocentes, pero otras palabras la hacían sentir como si nunca pudiera formar parte del grupo de juegos que tanto deseaba. Desde su silla, Ana observaba los partidos de fútbol con entusiasmo. Imaginaba cómo sería correr tras el balón, sentir el viento en la cara y celebrar un gol junto a los demás.
Cuando Alejandro llegó al colegio, se sentó a su lado y la saludó con total naturalidad. Con el paso de los días, comenzaron a conversar sobre sus gustos y sueños. Alejandro era risueño, amable y le encantaba el fútbol. Lo que más sorprendió a Ana fue que nunca la trató diferente: la invitaba a charlar, a reír y a imaginar jugadas como si ambos estuvieran en la misma cancha.
Un día, al escuchar cómo unos compañeros se burlaban de Ana, Alejandro habló con la profesora. Ella reunió a toda la clase y explicó que las capacidades de una persona no dependen de su aspecto ni de una condición física. Tras esa charla, ocurrió algo inesperado: la profesora invitó a Ana a ser la portera del equipo de fútbol. Ana aceptó con nervios y emoción. Alejandro le dio ánimos y juntos comenzaron a practicar. Ana descubrió que su silla no solo era un medio para moverse, sino una verdadera aliada en la cancha: aprendió a girar con rapidez, a empujar las ruedas con fuerza y a usar sus brazos para bloquear los tiros.